Desde la antigüedad se conoce que los romanos eran personas muy meticulasoas y de aspecto elegante. Cuidaban su aspecto personal y apropiaban sus vestimentas para cada ocasión. Hasta mediados del s.III a.C. aproximadamente, los romanos no se afeitaban la barba, ni mucho menos hacían cortar sus cabellos. Los que estaban de luto dejaban crecer el vello descuidadamente. Sin embargo, las mujeres si que presentaban más cuidado a la hora de adornar sus melenas. Las chicas jóvenes solían recoger sus largos cabellos con un nudo o una trenza. En ocasiones las adornaban con hojas y flores. Las mujeres casadas, al contrario que las adolescentes, preferían mantener su pelo suelo y bien peinado. En esta época también se utilizaban postizos y tintes naturales para variar el color del pelo.


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El vestido romano por excelencia era la toga. En un principio las vestían tanto hombres como mujeres. Pero poco a poco pasó a ser utilizada exclusivamente por hombres.
La toga era un semicírculo de tela (más fina o más gruesa, dependiendo la época del año), realmente difícil de colocar. Esta vestimenta deja siempre descubierto el brazo derecho. Según los adornos que llevara, la toga podía recibir diversos nombres.
Esta prenda la vestían únicamente hombres fuera de la condición de plebeyos y esclavos.
Bajo la toga se colocaba la túnica. Con una altura hasta la rodilla, fruncida con un cinturón y adornada con una banda.

La mujer vestía generalmente una túnica que le llegaba hasta los pies. Ésta solía estar confeccionada de lana, algodón o lino, dependiendo la época del año. Sobre la túnica llevaban la estola, el vestido propiamente dicho. Cuando la mujer salía de casa se cubría con un manto (palla) que les dejaba el brazo derecho al descubierto.


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EL calzado tanto de hombres como de mujeres consistía en sandalias (las llamadas romanas), zuecos o zapatos. La única diferencia era el color y el curtido de la piel utilizada para su confección.

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